En el escenario político colombiano, la figura de Abelardo de la Espriella se proyecta como la de un ‘outsider’ ajeno a las estructuras tradicionales y a la ‘politiquería’. Su discurso resuena con una promesa de renovación, afirmando que su movimiento representa a aquellos que ‘nunca nos hemos robado un peso, los que nunca nos rendimos ni nos quedamos en la queja’. Sin embargo, un examen minucioso de su red de apoyos y alianzas de cara a su campaña presidencial revela una estrategia que, lejos de la independencia pregonada, se ancla profundamente en figuras y clanes del poder político y económico tradicional, incluso aquellos con graves cuestionamientos judiciales.
La ‘Independencia’ en Contradicción: Los Apoyos Clave
El relato de De la Espriella choca frontalmente con la naturaleza de los respaldos que ha consolidado. Lejos de distanciarse de las maquinarias, su campaña ha sabido integrar a figuras representativas de la política clientelista y hereditaria que, precisamente, su discurso condena.
El Peso de la Costa Caribe: El Clan Char
Uno de los pilares del apoyo a De la Espriella proviene de la poderosa casa Char, liderada por Fuad Char. Esta familia ejerce una influencia dominante en la Costa Caribe colombiana, no solo a través de su capital político, sino también mediante un vasto conglomerado económico que incluye empresas como Tiendas Olímpica y Banco Serfinanza.
- La vinculación con los Char cobra una relevancia particular debido a las múltiples investigaciones y condenas que han afectado a miembros de este clan por parte de la Corte Suprema de Justicia. Los cargos incluyen corrupción electoral, concierto para delinquir y compra de votos.
- Arturo Char, exsenador y figura prominente del clan, fue formalmente acusado por la Sala de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia por presuntos delitos de concierto para delinquir y corrupción de sufragante agravados.
Este tipo de alianzas estratégicas, si bien otorgan caudal electoral, plantean interrogantes sobre la coherencia del mensaje de independencia que De la Espriella busca proyectar.
Asociaciones con el Establecimiento Político Conservador
La campaña de De la Espriella también ha cooptado a figuras del sector más radical y tradicional de la política colombiana, especialmente del uribismo. Personalidades como Carlos Felipe Mejía, Paloma Valencia y el expresidente Álvaro Uribe Echeverry se han sumado a su ‘bus electoral’.
- La polémica es palpable, considerando que el propio Álvaro Uribe se encuentra inmerso en un proceso judicial formal por delitos de soborno a testigos en actuación penal y fraude procesal.
- Incluso Paloma Valencia, antes de unirse al proyecto, había expresado públicamente críticas hacia De la Espriella, señalándolo de reunirse con ‘bandidos’. Este cambio de postura subraya la fluidez de las alianzas políticas en función de los intereses electorales.
En Barranquilla, el senador Mauricio Gómez Amín, representante directo de la política tradicional y hereditaria de la región, también ha brindado su respaldo, consolidando la presencia de De la Espriella en importantes feudos electorales.
Control Territorial y Cuotas Burocráticas
El apoyo a la campaña de De la Espriella se extiende a exgobernadores como Juan Guillermo Zuluaga (Meta) y Nicolás García (Cundinamarca). Su vinculación es estratégica para asegurar el control de los aparatos políticos departamentales, garantizando movilización y recursos en regiones clave.
El discurso de ‘no vivir del Estado’ se desdibuja aún más con la incorporación de numerosos exfuncionarios de alto nivel de la administración de Iván Duque y de congresistas, muchos de ellos con trayectorias polémicas:
- Ernesto Lucena, exministro del Deporte.
- Andrés Barreto, exsuperintendente de Industria y Comercio.
- Miguel Polo Polo y Lina Garrido, congresistas que se unieron tempranamente a la campaña. Polo Polo, en particular, ha generado controversia, incluso siendo arrestado por no ofrecer disculpas a las Madres de los Falsos Positivos.
- Sara Castellanos, heredera de la Misión Carismática Internacional (MCI), una organización religiosa con un historial de uso de su caudal de fieles para negociar cuotas y representación política.
La sombra del Narcotráfico: Carlos Lehder
Más allá de las alianzas políticas tradicionales, la campaña de De la Espriella ha enfrentado un episodio particularmente oscuro con la reaparición pública de Carlos Lehder Rivas, cofundador del Cartel de Medellín. Lehder, uno de los narcotraficantes más notorios de la historia de Colombia, extraditado a Estados Unidos en 1987, mostró públicamente su aparente respaldo a la candidatura de De la Espriella, instando a los colombianos a votar por el ‘mejor candidato’.
Esta aparición, donde Lehder se mostró con la camiseta de la selección de Colombia, siguiendo una directriz similar a la emitida por la propia campaña de De la Espriella, genera un vínculo directo y simbólico con los remanentes de una de las épocas más violentas y complejas del país. Para una campaña que se proclama como la ‘mano dura’ contra la criminalidad, la conexión con una figura de este calibre desata un debate considerable sobre la imagen y los valores que se buscan proyectar.
Contexto Nacional: La Búsqueda de Alternativas y la Persistencia de las Maquinarias
Colombia ha sido testigo en los últimos años de una creciente polarización política y un hartazgo ciudadano hacia las formas tradicionales de hacer política. Este escenario ha propiciado la emergencia de figuras que se autodenominan ‘outsiders’ y ‘anti-política’. Sin embargo, la realidad de la conformación de los movimientos y campañas electorales en el país demuestra que, a pesar de los discursos renovadores, la maquinaria política sigue siendo una fuerza determinante.
Las regiones, con sus caudillos y clanes políticos arraigados, continúan siendo fundamentales para cualquier aspiración presidencial. El suroccidente colombiano, por ejemplo, con ciudades como Cali y Popayán, históricamente ha sido un epicentro de tensiones sociales y políticas, donde el control electoral se define a menudo por alianzas complejas entre líderes locales, grupos económicos y, en ocasiones, intereses oscuros. La capacidad de articular esos apoyos, incluso si provienen de figuras cuestionadas, es vista por muchos como una pragmática necesidad para competir en el panorama electoral colombiano. De la Espriella, lejos de ser una excepción, parece estar replicando un modelo consolidado: utilizar los discursos de cambio y renovación para aglutinar, bajo una nueva égida, a las mismas estructuras de poder que su retórica critica.
Este panorama complejo plantea interrogantes sobre la verdadera naturaleza de la renovación política en Colombia y la dificultad de romper con las inercias de un sistema profundamente arraigado en alianzas estratégicas, más allá de la pureza de los discursos iniciales.
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