El planeta atraviesa una transformación climática de magnitudes sin precedentes. Así lo ha sentenciado el reconocido climatólogo ecuatoriano Raúl Cordero, quien, en una contundente entrevista con BBC Mundo, afirmó que «el planeta en el que nosotros nacimos ya no existe». Esta declaración subraya la irreversibilidad de ciertos cambios atmosféricos y la urgencia de comprender la magnitud de la crisis climática actual.
Cordero, profesor de la Universidad de Groningen en Países Bajos y con una vasta trayectoria de investigación, incluyendo estancias prolongadas en la Antártida, es categórico al señalar una «epidemia de eventos extremos» que se manifiestan con mayor intensidad y frecuencia alrededor del mundo. Desde incendios forestales incontrolables hasta olas de calor letales e inundaciones devastadoras, la evidencia es palpable y sus consecuencias, cada vez más directas para la población global.
La irremediable alteración de la atmósfera
El punto central de la alarma de Cordero radica en la alteración de la composición atmosférica. «La atmósfera con la que nacimos usted y yo ya no existe», enfatiza. La concentración de dióxido de carbono (CO2), principal gas de efecto invernadero, ha aumentado un 50% en poco más de un siglo. Este incremento masivo es el motor de los cambios observados, y sus efectos son de larga data.
El científico explica que el CO2 posee una vida media de al menos un siglo, lo que significa que las emisiones actuales seguirán impactando el clima mucho después de que quienes las generaron hayan desaparecido. «El futuro predecible usualmente está asociado a los horizontes de la vida humana. Es muy difícil que en menos de 100 años logremos bajar la concentración de gases de efecto invernadero», sostiene. Esta perspectiva sombría no invita a la inacción, sino a una acción urgente para evitar un deterioro aún mayor.
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Los años entre 2015 y 2025 se perfilan como los once años más cálidos registrados, según informes de la Organización Meteorológica Mundial. Este calentamiento se traduce en fenómenos climáticos cada vez más disruptivos:
- Incendios Incontrolables: Lo que sucede en Europa con los mega incendios es un reflejo de lo vivido en California, Australia y Chile. Estos fuegos, de una intensidad jamás vista, generan su propio clima y son prácticamente imposibles de detener con los medios actuales. Cordero insiste en que, si bien la gestión forestal influye, la causa principal es la alteración atmosférica.
- Olas de Calor Letales: Consideradas la manifestación más mortal del calentamiento global, las olas de calor están aumentando su frecuencia entre un 200% y 400% en diversas zonas. El ejemplo de Guayaquil, Ecuador, con un aumento del 400% desde la década de los 80, es elocuente. Estas «agudas subidas de temperatura» provocan una sobremortalidad significativa, especialmente en poblaciones vulnerables como los adultos mayores. «Cuando uno es mayor de 65 años y no tiene acceso a aire acondicionado, el riesgo de morir durante una ola de calor durante un día muy cálido en verano se duplica», advierte.
Calentamiento desigual: El caso del Hemisferio Norte y el fenómeno de El Niño
Cordero también aborda la disparidad en el calentamiento global. El hemisferio norte se calienta casi el doble de rápido que el sur. Esto se debe a una menor proporción de océano en el norte, ya que las masas de tierra responden con mayor celeridad a la radiación solar. A esto se suma el papel crucial del Ártico, la región que se calienta más rápido debido a un efecto de retroalimentación: el derretimiento del hielo expone el océano oscuro, que absorbe más radiación y acelera aún más el deshielo. Europa, al ser el continente más cercano al Ártico, experimenta un calentamiento acelerado.
En contraste, la Antártida, al ser un continente con una capa de hielo de dos kilómetros de espesor sobre roca continental, presenta una dinámica diferente y se derrite a un ritmo mucho más lento que el Ártico.
La reciente declaración oficial de la llegada de El Niño por parte de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de EE.UU. añade otra capa de complejidad. El Niño es el modo climático más influyente del planeta y su combinación con el cambio climático promete generar anomalías de temperatura aún más pronunciadas, especialmente en América Latina. Esta combinación exacerba los riesgos de eventos extremos, como sequías en unas regiones y lluvias torrenciales en otras, con impactos directos en la agricultura, los recursos hídricos y la vida humana.
Colombia y el contexto regional ante la crisis climática
Implicaciones para el Suroccidente colombiano
El suroccidente de Colombia, con sus complejos ecosistemas andinos y costeros, no es ajeno a esta realidad global. Regiones como el Valle del Cauca, Cali y Popayán enfrentan desafíos específicos. Históricamente, estas zonas han sido vulnerables a fenómenos climáticos. Por ejemplo, las intensas temporadas de lluvias, potenciadas por fenómenos como La Niña y ahora por un El Niño más cálido, han provocado deslizamientos de tierra en zonas montañosas y desbordamientos de ríos que afectan a comunidades rurales y urbanas. La topografía diversa del departamento del Cauca, desde sus zonas costeras hasta sus alturas andinas, lo hace particularmente susceptible a la variabilidad climática extrema, incluyendo periodos de sequía que impactan la agricultura y olas de calor que elevan la demanda de energía y afectan la salud pública.
El Valle del Cauca, con su vocación agroindustrial, enfrenta la amenaza de la alteración de los ciclos hídricos y el aumento de temperaturas que podrían afectar cultivos vitales como la caña de azúcar, café y cacao. En Cali, los sistemas de drenaje y la planificación urbana se ven constantemente desafiados por aguaceros más intensos. Comprender la advertencia de Cordero es vital para la formulación de políticas de adaptación y mitigación en un país con una megadiversidad y una alta dependencia de sus recursos naturales.
Un llamado a la acción
A pesar del desalentador panorama, Cordero encuentra motivos para la esperanza. «No vamos a recuperar, al menos en ningún futuro predecible, el clima y la atmósfera ya perdidos», admite, «pero eso no significa que uno tiene que dejarse estar. No, porque todavía podemos perder más». La clave reside en la reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin esta acción concertada, la frecuencia e intensidad de los eventos extremos continuarán en ascenso, empeorando la situación de manera irreversible.
El mensaje del climatólogo es claro: el problema es «intrageneracional». Las acciones (o inacciones) de hoy tendrán consecuencias que trascenderán a las generaciones actuales. La inercia del sistema climático y la larga vida del CO2 en la atmósfera obligan a una visión a largo plazo y a un compromiso global sin precedentes.
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